Vino y Cultura, un histórico maridaje

En el vino está la verdad, así de contundente rezaba la famosa frase en latín “in vino veritas” pronunciada por Plinio el Viejo en el año 60 a. de C. 

Los amantes del vino en la actualidad no creemos tanto en los extremos como en la variedad, por eso nos gusta saborear la copa con el convencimiento de que cada sorbo contiene racimos de una cultura milenaria.

En las siguientes líneas me gustaría descorchar un viaje alrededor de la historia y su estrecha relación con el vino que ha sido capaz de cruzar océanos, adaptarse a territorios y climas, ser testigo de civilizaciones extinguidas y enraizarse a la tierra con la capacidad de renacer cada año.

Según el Génesis, Noé comenzó a labrar la tierra y plantó una viña para elaborar el néctar que bebería, siendo ésta una de las primeras labores realizadas por el hombre. El panel de libación expuesto en el British Museum habla del vino como la bebida de las élites y los murales en las pirámides de Egipto representan su elaboración a través de frescos. Ahora vemos etiquetas con relieves en los lineales, pero fueron precisamente los egipcios quienes realizaron las primeras. Las antiguas dinastías chinas incluso llegaron a prohibir su mezcla con vino de arroz bajo amenaza de castigos severos.

Un poco más cerca, en el corazón de la actual Ribera del Duero, en la localidad vallisoletana de Padilla, se situó el Poblado Vacceo de Pintia (nombre de vino de Toro, por cierto) donde sus líderes rendían tributo a la celebración brindando con vino al chocar con fuerza las vasijas de barro que los acompañarían después en su viaje eterno. Los griegos por su parte lo introdujeron en las representaciones teatrales en honor al dios del vino Dionisios. 

Los romanos no pudieron evitar la tentación de tener un propio mito de este mágico elixir y fue así como crearon la figura del dios Baco como una excusa más para celebrar en su honor las bacanales donde se bebía sin juicio ni medida. No penséis que al caer el imperio cayó el vino, nada más lejos de la realidad, éste siguió produciéndose en el Imperio Bizantino y por la Ruta de la Seda viajó hasta China para lucir sus propiedades en Oriente. 

Si hasta ahora había formado parte de celebraciones y fiestas es en la Edad Media cuando el vino adquiere otra dimensión mayor al ser considerado por primera vez un alimento (registrado en las Regula Isidori del siglo VII) y ser entregado como ración junto al pan en las comidas. La iglesia tuvo mucho que ver como transmisor del cultivo de la vid debido al uso del vino en la liturgia cristiana. Los monasterios de la época se convirtieron en auténticas bodegas rodeadas de viñedos al estilo château francés en las que rezo y labores de campo se convirtieron en su rutina de vida. Los Usatges catalanes llegaron a establecer una curiosa concesión de la propiedad en el siglo XI por la que quedaba repoblada de manera efectiva una finca tras 30 años de plantación de una viña.

En pleno Renacimiento se liberó su consumo y hasta los mercaderes venecianos construyeron en el año 1600 una fuente de vino tinto para saciar la sed de sus trabajadores durante la jornada. El propio Camino de Santiago sirvió en nuestro país de posada transitoria durante el trayecto calmando la sed del peregrino con vinos catalanes, riojanos, castellanos y gallegos. 

Durante la historia, el vino ha estado ligado a todas las artes; pintura, música, escultura, danza, cine…que lo han tenido presente en sus obras como fieles testigos del paso del tiempo. Obras como La vendimia de Goya, Los borrachos de Velázquez, las Ninfas y Sátiros de Rubens o el Baco ebrio de Miguel Ángel nos transportan a épocas y momentos que podemos recordar gracias a su talento inigualable porque todo pasa, pero el vino como la cultura permanece como inseparable compañero de fatigas para deleite de nuestros sentidos.

Si el mismo Ernest Hemingway dijo una vez que el vino era la cosa más civilizada del mundo, quien somo nosotros para llevarle la contraria. El tiempo le ha dado la razón; vivamos el vino, porque el vino se vive además de beberse, con moderación eso sí, pero con la alegría desbordante de quien comparte mucho más que una bebida; una forma de vida que es parte de la nuestra ahora y siempre. ¡Salud!

 

 

Roberto Sanz Soblechero
Entusiasta wine lover