Estar delante de una botella me genera una gran curiosidad: siempre quiero saber qué historia ha tenido ese vino desde el momento en que nació en la mente del enólogo; qué pasos ha seguido en su camino, desde el racimo que colgaba sobre el viñedo hasta su selección y recolección; cómo ha sido su transformación en la bodega y el tiempo de crianza en barrica o en botella; o si tenía prisa por salir. Me intriga conocer el recorrido del vino desde su D. O. hasta que llega mi mesa y se posa delante de mí.
También curioseo sobre aquello que aún está por suceder. Las conversaciones que surgirán alrededor de ese vino –de risas con lágrimas y de lágrimas por los recuerdos–, todas las celebraciones con brindis, y los momentos de disfrutar con las viandas y emociones servidas en la mesa.
Cuando abro el vino, el sonido del corcho al salir hace que mi cerebro sepa automáticamente que algo bueno va a suceder. Todas mis glándulas se confabulan para generar las hormonas que me hacen sentir bien y mis músculos se relajan. Mis papilas gustativas generan más saliva y me incitan a servirme un poco del vino en mi copa. Una copa medio llena para perpetuar el momento y dejar siempre espacio para más.Ahora ya es inevitable solo beber de la copa y siempre tiendo a catar el vino. Es un tiempo que disfruto verdaderamente y en el que me permito conectar con mi presente, con todos mis sentidos. Así que lo miro, me detengo en sus colores, en su brillo, en su limpidez. Me gusta hacer rodar sus piernas o lágrimas por la copa y jugar a adivinar cuál es su porcentaje de alcohol y su edad. ¡Me gustan las adivinanzas!
¡Mmmm, sus aromas! Disfruto cerrando los ojos y dejándome llevar por ellos. Me conectan directamente con recuerdos de momentos en los que estoy rodeada de personas, sensaciones y emociones. Y así sucede la magia. Todo lo que huelo, aparece; se vuelve una flor, un lugar o el perfume de esa persona. Evoco recuerdos y dejo que las historias se mezclen, se entrelacen, y que cada una intercambie impresiones con las otra.
Y al final lo bebo. Primero, un pequeño sorbo para acondicionar la boca, un besito solamente. Lo paladeo, permito que se despierte y empiece a darme información. Salivo. Un segundo sorbo, pero ahora más largo y pronunciado. Lo detengo un poco y juego con él entre mis mejillas. Permito que pase por mis dientes. La lengua danza con él y es como si estuviéramos bailando.
Se delata, se abre y la fruta siempre es la protagonista. Las flores, las especias y las notas herbales vienen detrás. Ahora sí se muestra con todo su esplendor. Se describe, cuenta esa historia que lo trajo hasta aquí, habla de su terroir, de su enólogo, del tiempo.
Todo se entremezcla al unísono aquí y ahora: las risas, los sabores, el sonar de los cubiertos, las copas chocando entre sí.
Después del proceso ya no es el mismo vino. Ni yo soy la misma persona. Los dos cambiamos, los dos evolucionamos.
Por Leticia Vázquez | Embajadora de Women Wines en Gran Canaria
